Este artículo proviene de “Gospel Meditations for Christmas”, un devocional de 31 días que puede adquirir en Church Works Media.

LEE 1 PEDRO 2:9-25

“Nosotros no somos nacidos de fornicación” (Jn. 8:41).

Palabras y plumas el viento las tumba. A palabras necias, oídos sordos.

¡Qué declaraciones tan ridículas! Pintan un cuadro donde las palabras no tienen consecuencias, perolas palabras pueden ser devastadoras —¡a menudo mucho más dolorosas que unos moretones!—. La Escritura nos dice que Cristo fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Sabemos que una variedad de críticos, incluyendo al Sanedrín, el sumo sacerdote, soldados Romanos, ladrones crucificados, y observadores se burlaron de Él en su juicio y crucifixión. Pero la burla fue parte de toda la vida de Jesús, no solo en sus últimos días. Y la burla era parte de la vida de María y José también.

Juan 8:41 narra un golpe especialmente bajo a la familia de Jesús. En medio de una discusión teológica intensa, los supuestos líderes espirituales de los judíos recurrieron al pasado de una manera vil cuando revivieron un rumor sugestivo acerca de Jesús. “Nosotros no somos nacidos de fornicación”, decían con desprecio. Jesús tiene más de 30 años, y aun así sigue escuchando crudos comentarios sobre sus padres.

Esta fue la carga de María de por vida. Ella había hallado “favor con Dios” (Lc. 1:30); había sido destacada por el cielo por su carácter ejemplar. ¿Sin pecado? No. Pero ciertamente no promiscua. Ella se quedó estupefacta con su embarazo ya que era virgen (Lc. 1:34). Gabriel le explicó que ella estaba encinta por causa del Espíritu Santo (Lc. 1:35). En su canto de alabanza, lleno de las Escrituras, ella dijo: “desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones” (Lc. 1:48). Y así lo han hecho —todos menos su propia generación—.

Incluso José, un hombre respetable y misericordioso, supuso que María había sido impura. ¡¿Qué más podría haber pensado?! Seguramente, ella debió decirle el mensaje que oyó de Gabriel, pero él no estaba convencido hasta que también se le apareció un ángel para contarle de la concepción milagrosa (Mt. 1:20). Él había tenido temor de casarse con María y se había determinado a darle el divorcio más digno y silencioso posible (Mt. 1:19). Pero Dios le mandó a un mensajero angelical, y por fin se puso del lado de María —quizá con algunas justificables disculpas por sus dudas—.

Pero, ¿quién más le hubiera creído a María? ¿Quién le hubiera creído a José? Sus padres, amigos, y vecinos… ¡ninguno de ellos recibió un mensaje angelical! Se asumió que María y José tuvieron un embarazo producto del pecado, seguido de una boda emergencia. Si los rumores son difíciles de superar en el siglo 21, ¡imagínate en Israel en el siglo 1! Algunos habrán evitado a María y a José. Otros, sin duda, murmuraron. Pero, los peores, los ridiculizaron. Por décadas.

Hebreos 4:15 nos dice que Jesús simpatiza con cada prueba que sufrimos. Nadie jamás fue difamado más injusta o cruelmente que nuestro Salvador. Cuando a ti te difaman, te ridiculizan, o te malinterpretan, Jesús te comprende. Él lo ha experimentado. Y nos muestra que es posible sobrevivir a las palabras dañinas con gracia: “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P. 2:23). Que Dios nos dé la gracia para hacer lo mismo.

Permite que el Evangelio te dé valor para manejar la difamación y crítica como tu Salvador. —Chris