Las malinterpretaciones de la Biblia pierden toda gracia cuando han arruinado la vida de una persona. Hasta cierto punto, ese era el caso de un joven que me contaba su testimonio.

Este muchacho —llamémoslo Pedro— había asistido por años a una iglesia supuestamente cristiana. Comenzó a leer la Biblia y se percató de que algunas de las prácticas normales en su congregación eran completamente contrarias a las Escrituras.

Decidió, entonces, hablar con su pastor. Le expuso sus inquietudes, mostrándole algunos textos bíblicos. Su pastor respondió: “Estás enfocándote demasiado en el texto. Recuerda: la letra mata, pero el espíritu vivifica”.

Malinterpretando el texto

Tomar un pasaje como 2 Corintios 3:6 y darle una interpretación incorrecta es cosa seria. Aunque somos humanos falibles interpretando la infalible Palabra de Dios, el Señor nos hace responsables por cómo usamos la Biblia, especialmente si somos maestros de ella (Stg. 3:1).

Cuatro veces en el Nuevo Testamento se habla de personas que recibirán “mayor condenación” (Mt. 23:14; Mr. 12:40; Lc. 20:47; Stg 3:1), y todas tienen que ver con líderes religiosos que abusan de la fe para imponer mandamientos que no provienen de Dios. Esta es una gran blasfemia, porque intentan usurpar el nombre de Dios. Para personas así, Dios tiene reservada una condenación más grande.

2 Corintios 3:6 es uno de esos versos que ha sido malinterpretados desde los primeros siglos de la Iglesia cristiana. Por ejemplo, Orígenes, quien murió en el siglo III y es famoso por sus alegorías de la Biblia, interpretaba “la letra” como el sentido gramático del texto, mientras que “el espíritu” se refería a la interpretación espiritual. De acuerdo a Orígenes, el sentido gramático era inferior al espiritual. Él usó este versículo para justificar sus interpretaciones alegóricas, y después muchos siguieron su ejemplo, malinterpretando incontables versículos por toda la Biblia.

Hoy en día, este verso se usa para justificar una falta de seriedad al estudiar la Palabra. He escuchado variaciones de lo mismo. Si un muchacho quiere estudiar en el seminario, alguna persona quizá bien intencionada lo toma aparte para advertirle que “la letra mata, pero el espíritu vivifica”. Cuando un joven —como Pedro— encuentra prácticas antibíblicas en su iglesia, su voz es reprimida con el mismo texto.

Este verso, sin embargo, no tiene que ver con el sentido espiritual de un pasaje, ni con el peligro de estudiar teología. Mucho menos debe usarse para justificar en la iglesia cosas que son contrarias a la Palabra de Dios.

Para entender el sentido del pasaje, debemos estudiar el contexto.

Ministros del nuevo pacto

Había personas en Corinto que dudaban del apostolado y la autoridad de Pablo. Probablemente, algunos falsos maestros intentaban desviar a la congregación de la autoridad apostólica. Sin embargo, para Pablo no había duda alguna: “Como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Co. 2:17).

Pablo continúa explicando que no era necesario mostrar algún tipo de currículum vitae. Ni siquiera necesitaba alguna carta de recomendación, porque la carta eran los creyentes en Corinto, una carta “redactada por nosotros, no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones humanos” (2 Co. 3:3 NBLH). Este verso nos da una pista para interpretar 2 Corintios 3:6, pues vemos el contraste que Pablo hace entre las “tablas de piedra” —una referencia al pacto de la ley del Antiguo Testamento—, y la obra del Espíritu, la cual se hace directamente en el corazón humano.

Indudablemente Pablo está pensando en pasajes como:

“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jer. 31:33).

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ez. 36:26).

El apóstol estaba diciendo que su autoridad apostólica era evidente, pues el Espíritu había transformado sus vidas mediante la predicación del Evangelio por parte de Pablo y aquellos que ministraban junto a él. Esto no era algo que Pablo había logrado por sí mismo, ¡para nada! Esa suficiencia no venía de ellos mismos (2 Co. 3:5), más bien:

“Nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu” (2 Co. 3:5-6 NBLH).

Aquí está la clave: Pablo —y los apóstoles— eran ministros del nuevo pacto (del Espíritu), no del antiguo pacto (de la letra). Y, justamente después, escribe: “Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Co. 3:6).

Contraste entre pactos

Este versículo, entonces, se refiere a un contraste entre dos pactos: el antiguo y el nuevo. El antiguo pacto, dice Pablo, es el de la letra, y mata. Por el otro lado, el nuevo pacto, del Espíritu, vivifica. ¿Cómo entender esto?

El antiguo pacto, escrito en letra, mata por varias razones. Primeramente, era un pacto “de muerte” (2 Co. 3:7), sin capacidad de dar vida, sino todo lo contrario. El pecado que mora en el ser humano se aprovecha del mandamiento para producir más pecado (Ro. 7:8) y finalmente la muerte (Ro. 7:11). Este pacto, por sí mismo, no tenía capacidad alguna de producir vida. Era un código condicional que Dios había hecho con su pueblo, pero que sin embargo quedaría reemplazado por un nuevo y mejor pacto (He. 7:22, 8:6, 12:24).

Segundo, era un pacto “de condenación” (2 Co. 3:9). Tanto así que la persona bajo ese pacto estaba bajo maldición (Dt. 27:26; Gá. 3:10). Ninguna persona podía cumplir con los requisitos de la ley, y por lo tanto, toda persona bajo ese pacto sería juzgada y encontrada culpable.

Por el otro lado, el nuevo pacto, el del Espíritu, “da vida”. Este nuevo pacto, inaugurado y mediado por el Señor Jesucristo (Mt. 26:28; Mr. 14:24; Lc. 22:20; 1 Co. 11:25; He. 12:24), era el mismo prometido en el Antiguo Testamento (Ez. 36:26; He. 8:8). A diferencia del antiguo pacto, este nuevo venía con la promesa y el poder del Espíritu Santo (Jer. 31:31), con la ley escrita no en tablas sino en el corazón (Jer. 31; Ez. 36). El nuevo pacto es el pacto de la regeneración (Ez. 37), es el pacto que produce vida (Jn. 6:63; Ro. 8:6).

Así que Pablo, en este texto, enseña la maravillosa bendición que tenemos aquellos que estamos bajo el pacto de vida por medio de la regeneración del Espíritu, por la obra de obediencia de Jesucristo al Padre.

Conclusión

Cuando nos enfrentamos a algún texto difícil en las Escrituras, lo mejor que podemos hacer es mirar el contexto, tanto el inmediato como el más amplio. Es importante tener un panorama robusto y completo de toda la Palabra, para interpretar la Biblia con la Biblia misma. Así no caeremos en condenación, sino que seremos, como Pablo, ministros y proclamadores del nuevo pacto que trae vida.


Una versión de este artículo fue publicado en Coalición por el Evangelio.