Hace algunos años, quería enseñar a mi hija de tres o cuatro años a orar. Y aproveché para poner en práctica un conocido proverbio:

“Reconócelo en todos tus caminos” (Pr. 3:6).

Entonces, un día que hacía mucho calor en Monterrey, de camino al súper, le dije a mi hija: “¿Te parece si le pedimos a Dios que nos separe un lugar para estacionarnos cerca de la entrada para no tener que caminar mucho en el calor?” Le pareció excelente (mi pequeña norteamericana se ha adaptado muy bien a la cultura mexicana, pero no por eso quería caminar lejos a pleno sol).

Entonces, oramos algo así:

“Padre, tú sabes que hoy hace mucho calor. Tú sabes que no nos gusta caminar lejos si no es necesario. Queremos pedirte algo: ¿Nos separas un lugar para estacionar el auto cerca de la entrada? Estaríamos muy agradecidos. Gracias. Aceptamos tu respuesta con gratitud. Amén”.

Pero esa fue la parte fácil. Al terminar de orar, mi hija me preguntó: “¿Y qué dijo? ¿Que sí o que no?”. Por un instante, entré en pánico. Yo mismo no sabía que había dicho Dios. Mucho menos sabía qué contestarle a mi hija. Y, luego, se me vino la respuesta a la mente: ¡lo que la Biblia enseña!

Dios siempre contesta la oración de sus hijos (1 Jn. 5:14-15). Con su pregunta, mi hija demostraba que ya sabía que Dios no siempre da la respuesta que nosotros deseamos. A Pablo le dijo que “no” tres veces, ¡e incluso le dijo que dejara de pedir (2 Co. 12:7-9)! Y, en Getsemaní, el Padre le contestó que “no” a Jesús mismo, que no era posible que pasara de Él la copa (Mt. 26:36-46). Dios no siempre contesta que sí, pero siempre contesta.

Entonces, le dije a mi hija Gloria: “Vamos a ver qué dijo”. “¿Cómo?”, me preguntó. No entendía. Le expliqué: “Si hay un lugar disponible cerca de la entrada, Dios dijo que sí. Si tenemos que estacionarnos lejos, Dios dijo que no. Así de sencillo”.

Y sí, es muy sencillo. ¿Quieres saber cuál es la respuesta a tu oración? Ora. Sigue orando. Persiste en oración. Y, cuando ves por fin lo que pasa, esa es la respuesta de Dios.

La verdad, no me acuerdo dónde nos estacionamos (cerca o lejos). Pero, años después, eso no es lo importante. Quisiera compartirte tres verdades que recordé cuando le enseñé a orar a mi hija que sí son importantes.

  1. DEBES ORAR POR TODO

Ora siempre. Eso es reconocerlo en todos tus caminos (Pr. 3:6). Puede ser algo tan simple como cuando yo comienzo a conectar mi computadora a mi pantalla —ya que a veces pasa la señal y a veces no— yo oro. Si Dios responde que sí, sale la imagen en pantalla. Si Dios dice que no, no sale. Si Dios dice que sí, tenemos qué comer. Si Dios dice que no, no tenemos ni qué comer (Dt. 8:3). Dios quiere enseñarnos eso y orar siempre es el método de aprendizaje.

  1. DEBES ORAR CON TUS HIJOS

Nuestros hijos no van a hacer lo que les decimos hacer. Van a hacer lo que nos ven hacer. Tenemos que ponerles el ejemplo. Si quieres que tus hijos oren, ¡ora con ellos a lo largo del día para que ellos también aprendan a orar! Claro, no debes orar para ser visto de los hombres (Mt. 6:5-6). Pero lo más probable es que si tú oras, por lo menos tu familia en algún momento lo verá. Y, Dios mediante, ¡te imitará!

  1. DEBES ORAR CON AGRADECIMIENTO

El agradecimiento indica que aceptamos su respuesta, sea cual sea. Dios no nos concede todas nuestras peticiones. Y es evidente por qué no. ¿Concede usted todas las peticiones de sus hijos? ¿Verdad que no? ¡Sería su ruina si les diésemos todo lo que piden! Dios es demasiado sabio como para darnos todo lo que queremos. Él nos da lo que Él quiere. Y lo que Él quiere siempre es lo mejor para nosotros. ¿Confías en Dios? ¿O sospechas de Él, pensando que es malo o tacaño cuando te dice que no?

CONCLUSIÓN

Ahora, ¿es posible que hubiera habido un lugar para estacionarnos sin haber orado? Claro que sí. Y, habiendo orado, ¿había garantía de que habría un lugar cerca? Claro que no. ¿Para qué orar, entonces? Piénsalo: Cuando encuentras un buen lugar para estacionarte después de haber orado, es la respuesta a tu oración. Cuando encuentras un buen lugar para estacionarte sin haber orado, no es la respuesta a tu oración. Fácil, ¿verdad? Hay muchos otros buenos motivos para orar. Pero este nos brinda una gran oportunidad: Reconocer a Dios (Pr. 3:6). Debemos reconocerle incluso de camino a la tiendita de la esquina, o al buscar un lugar de estacionamiento. Yo quiero reconocer a Jehová mi Dios en todo. La oración es la oportunidad para hacerlo. Si no estás orando, no lo estás reconociendo.