Este artículo proviene de “Meditaciones del Evangelio para Mujeres”, un devocional de 31 días que puede adquirir en Church Works Media.

LEE EFESIOS 5:22-33

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Gn. 2:24).

Génesis 2:24 es el patrón inspirado por Dios para el matrimonio. Es citado por Malaquías (Mal. 2:15), Pablo (1 Co. 6:16; Ef. 5:31), y Cristo (Mt. 19:4-6) como la palabra autoritativa sobre la relación matrimonial. Nota cómo se cita antes y después de la caída y en ambos testamentos. Está repleto de lecciones para un matrimonio unificado.

Primero, el marido y la mujer son uno en su compromiso el uno con el otro. El plan de Dios para el matrimonio empieza por priorizar la relación matrimonial sobre toda relación humana. El esposo, y la esposa por implicación, deben “dejar” a sus padres y “unirse” (o aferrarse) el uno al otro. Esto significa que no debe haber ninguna persona más importante para ti que tu esposo, ni tus amigos, ni tus padres, ni aun tus hijos.

Segundo, el marido y la mujer son uno en sus aspiraciones. Aunque los dos tendrán intereses únicos, su unidad debe evidenciarse en metas, amistades, celebraciones, y tristezas mutuas. Ya no debes pensar en términos de mío (como en mi sueldo, mis ahorros, mis vacaciones, mi carro, mis metas), sino en términos de nuestro.

Tercero, el marido y la mujer son uno en amor físico. Aunque la relación de “una sola carne” es mucho más que la intimidad física, sí la incluye y se expresa maravillosamente de esta manera bendecida por Dios. Adán y Eva fueron presentados el uno al otro sin ropa y sin pena, y se les mandó participar en intimidad sexual (Gn. 1:28). Este mandato se repite a lo largo de la Biblia (Pr. 5:15-19; 1 Co. 7:1-5).

Cuarto, el marido y la mujer son uno en su adoración y ministerio. Cuando la relación de Adán y Eva era correcta, incluyó caminatas frecuentes con Dios, como pareja, en el Edén. Dios creó matrimonios para gozar juntos la comunión con Él. Como cristianos, son coherederos (1 P. 3:7), y deben adorarle y servirle juntos (como Aquila y Priscila en Hechos 18).

Obviamente, sabemos que el ideal para el matrimonio descrito en Génesis 2 no es posible para pecadores como nosotros. El título del muy útil libro escrito por Dave Harvey le atina muy bien: los problemas son inevitables Cuando Pecadores Dicen, “Acepto”. El matrimonio puede revelar nuestro egoísmo innato más que ninguna otra relación. Gracias a Dios, la Biblia nos da no solo el patrón para el matrimonio, sino también el remedio para las ocasiones cuando no hacemos caso al plan de Dios. La esperanza para los pecadores, casados o solteros, es el Evangelio. Este nos provee de la justicia de Cristo; nos posibilita la obediencia; cuando aun así fallamos —y sí fallaremos— nos provee perdón a través de Cristo (1 Jn. 2:1-2) y nos permite perdonarnos el uno al otro (Ef. 4:32). Esposos exitosos son aquellos que se extienden entre sí perpetuamente la gracia que ellos mismos han recibido por medio de Cristo, pecadores perdonando a pecadores. Y esto es esencial a la luz de un último punto de Génesis 2:24…

El marido y la mujer son uno indisolublemente. Cuando Cristo citó Génesis 2:24 en Mateo 19:4-6, Él insistió que la unión entre un hombre y una mujer es hecha por Dios y por lo tanto es permanente. “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” es un imperativo divino, no una frase piadosa inventada por pastores para bodas cristianas.

Según Génesis 2:24, el marido y su mujer son una sola carne. Es un hecho, no solo una meta. Por la gracia de Dios, en dependencia absoluta en el Evangelio, determina vivir así.

Permite que el Evangelio afecte tu matrimonio. —Chris