“Heme aquí, envíame a mí” (Is. 6:8).

“La mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mt. 9:37-38).

Estos pasajes de la Escritura han decorado las tarjetas de oración de muchos esperanzados misioneros que se preparan para ir al campo. Han sido grabados en los corazones de muchas iglesias y personas que reconocen que, a nosotros, como cristianos, se nos ha dado una tarea: hacer discípulos de todas las naciones.

Estas naciones fueron tristemente descuidadas por la Iglesia por generaciones. Así que, es un gran logro que, en generaciones recientes, hayamos corregido nuestra misión olvidada y hemos perseguido con vigor la tarea de dar a conocer al mundo la sabiduría de Dios (Ef. 3:10).

Sin embargo, en los pocos años que he trabajado entre las naciones (en medio de la “ventana 10/40”, rodeado por grupos no alcanzados), no he podido evitar preguntarme si el problema se ha corregido en exceso. Parece que el péndulo se balanceó demasiado hacia el lado contrario y necesita unos pequeños ajustes.

La Gran Comisión es inmensa, y, como cualquier otra gran tarea, requiere visión, dedicación, y mucha mano de obra. Dicho esto, frecuentemente quisiera detenerme y decirle a la Iglesia Occidental: “¡Dejen de enviarlos! Dejen de enviar misioneros insuficientemente capacitados”.

Sin duda, los obreros son pocos, y la mies es mucha. Pero eso no significa que “más obreros” siempre sean igual a “mejor”. Parece que la impaciencia que caracteriza a la presente generación se ha infiltrado en el movimiento misionero disfrazado de “urgencia”. Esta impaciencia, en lugar de ser frenada por los líderes de la iglesia, muchas veces es fomentada e incluso alentada.

Y ¿cuál es el resultado?

Muchas personas están yendo a las naciones, quienes, francamente, no deberían estar yendo —al menos, no aún—.

Aquí está la pregunta que desearía que más iglesias consideraran: ¿Por qué enviarías a alguien al extranjero a plantar iglesias a quien nunca llamarías como pastor ni lo nombrarías anciano de tu iglesia? ¿Por qué parece que la “pasión” más que la fidelidad comprobada es el principal criterio para enviar hombres y mujeres a apoyar a los plantadores de iglesias? ¿Por qué rayos ponemos la vara de medir más baja para la vanguardia que para la iglesia local?

Los retos del ministerio fronterizo, su estrés y sus tentaciones son muy reales, y vez tras vez personas con mucho celo y poco entendimiento son enviadas a enfrentar estos retos. Entonces, el hombre sabio, inspirado por el Espíritu Santo, dijo atinadamente:

“El entusiasmo sin conocimiento no vale nada, la prisa produce errores” (Pr. 19:2 NTV).

Este proverbio resume muy bien el estado actual de las misiones en algunos esfuerzos misioneros: entusiasmo sin conocimiento. Y el entusiasmo sin conocimiento en la obra misionera es peligroso, incluso espiritualmente letal.

Este campo que está blanco para la siega se está llenando de obreros que destruyen la cosecha, aquellos que desaprovechan las herramientas que Dios les ha dado. Imagina un campo lleno de personas blandiendo una hoz en la dirección incorrecta, y, a veces, tomándola del lado equivocado. Y muy seguido —si me atrevo a llevar la metáfora un poco más allá— ni si quiera están usando una hoz. Sus manos están vacías —una no muy agradable escena—.

Me parece que muchas iglesias y agencias misioneras no invierten suficiente tiempo enseñando a discernir entre el trigo y la cizaña. Entonces, carentes de discernimiento, estos misioneros cosechan mala hierba y escriben a casa sobre su “siembra exitosa”. De nuevo, a nosotros como Iglesia se nos ha dado una misión, una forma en que debemos caminar, pero muchos pies que han salido a proclamar el Evangelio de la paz se extravían porque tienen entusiasmo sin conocimiento.

En efecto, los obreros son pocos, pero nuestra impaciencia se ha convertido en nuestra ruina. Cuando las iglesias se ponen la meta de mandar un cierto número de personas en un tiempo determinado, el entusiasmo por alcanzar esa meta puede hacer corto circuito con el discipulado y, así, impulsar a ir al campo a personas que serán dañadas y que causarán daño.

En su lugar, deberíamos ver a Pablo como el ejemplo del entusiasmo paciente. En el momento de su conversión, se le informó su propósito. Pero podrás notar en Hechos que pasaron más de diez años antes de que saliera a su primer viaje misionero. Mientras tanto, él pasó tres años formativos en Arabia, pasó tiempo en su ciudad natal de Tarso, y, finalmente, pasó una temporada en la iglesia de Antioquía, hasta que fue enviado con Bernabé. Estamos hablando de Pablo, quien en su conversión ya tenía un inmenso conocimiento de las Escrituras. Parece que Pablo no comenzó verdaderamente su trabajo misionero sino hasta que fue enviado por su iglesia “local” de Antioquía, guiado por el Espíritu Santo a través de los ancianos y la congregación.

Si hablas con una generación de misioneros ancianos, te encontrarás con que, en sus días, haber estudiado en un instituto bíblico era un requerimiento. Si lees las biografías de hombres como Adoniram Judson, encontrarás que la ordenación era requerida. Pero, en estos días, una vez que la iglesia da su aprobación, personas pueden pasar unas pocas evaluaciones, asistir a un campo de entrenamiento de dos semanas, y ser aprobados rápidamente para el campo. Este sistema tan conveniente y simplificado está diseñado para permitir que más y más personas vayan a los no alcanzados.

Pero más no siempre es mejor.

Los retos que enfrentan al llevar el Evangelio a lugares difíciles requieren un carácter maduro y probado. Las preguntas que los misioneros recibirán de aquellos a los que evangelizan suelen requerir un amplio conocimiento teológico. Y el furioso enemigo al que se enfrentan requiere una fe profundamente arraigada.

El pragmatismo es predominante en las misiones en el extranjero porque, usualmente, los ministros no saben cómo hablar sobre su Dios. La herejía abunda porque realmente no conocen su mensaje. La mundanalidad prevalece porque muchos misioneros son espiritualmente inmaduros y no rinden cuentas a nadie. Iglesia, deja de enviar a personas que no conocen a su Dios, que no conocen su mensaje, y que no saben someterse a la autoridad. Por favor, si amas la gloria de Dios, detente.

El entusiasmo es admirable, pero el entusiasmo va y viene. El llamado es lo que debería ser requerido y celebrado. No cualquier “llamado”, aclaro, sino un llamado enraizado en la verdad y confirmado por otros —en especial por aquellos que te conocen muy bien y te han observado de cerca por mucho tiempo—; un llamado que ha sido acompañado por años de valioso fruto; un llamado que tiene como meta glorificar a Dios y obtener las confiables promesas del Evangelio reveladas en las Escrituras.

Las iglesias locales deberían tener una visión a largo plazo en su trabajo misionero, fielmente haciendo discípulos que sean capaces de salir y perseverar en un fiel ministerio del Evangelio. Deberían buscar cantidad sin sacrificar la calidad en lo más mínimo.

No debería sorprendernos que la tasa de misioneros que se arrepienten de ir al campo es tan alta, que la ambigüedad doctrinal es tan frecuente, y que la caída de misioneros en pecados graves es tan común. Se está enviando a personas que no deberían ser enviadas porque las iglesias las están enviando demasiado pronto.

Así que, quisiera darte unas cuantas sugerencias sobre cómo preparar personas para ir a las naciones:

  1. Enséñales bien para que sean capaces de enseñar bien a otros. No los envíes hasta que no hayan mostrado que pueden hacerlo (2 Ti. 2:2).
  2. Asegúrate de que son capaces de articular la sana doctrina y refutar la falsa doctrina. La incapacidad de responder a las objeciones y de corregir la mentira es la receta para el desastre cuando enfrentas otras religiones, o, incluso peor, otros misioneros errantes (Tit. 1:9; Ef. 4:14).
  3. Asegúrate de que son capaces de someterse a la autoridad bíblica. ¿Son unos inconformistas cuya autonomía nunca ha sido desafiada? Si ese es el caso, necesitan pasar algo de tiempo sometiéndose voluntariamente a un sistema de rendición de cuentas antes de que puedan ser enviados con confianza (He. 13:17-18).
  4. Conectado con el #3, necesitan demostrar un carácter piadoso. Esto es algo que solo puede ser comprobado a través de un periodo extendido de interacción cercana y discipulado continuo, no una sesión con un consejero y un perfil de personalidad. Los pecados indomados empeoran en el campo, no mejoran (He. 12:1).
  5. Si no nombrarías a un hombre anciano de tu iglesia, no lo envíes a ningún lugar a plantar iglesias —mucho menos en el extranjero—. Si estás enviando a alguien que no tiene madera de anciano —o le falta todavía para serlo—, entonces te sugiero enviarlo a algún lugar donde haya una iglesia establecida y sepas que su desarrollo espiritual y ministerial será supervisado por pastores fieles (He. 10:24-25).
  6. La meta de todo trabajador pionero que envíes debería ser una de dos cosas: unirse a una iglesia existente o reunir creyentes para comenzar una nueva iglesia cuanto antes. Si no hay una iglesia, entonces sugeriría llegar con un núcleo de personas en lugar de ir solo. La vida cristiana no debe ser solitaria. La eclesiología y la misiología deberían estar inseparablemente entrelazadas. Las iglesias plantan iglesias. Las organizaciones paraeclesiásticas deberían servir al valioso y especializado rol de ayudar iglesias a hacer este trabajo, no suplantarlas (Hch. 20:28; Hch. 16:13).
  7. Por último, debe existir un amplio consenso en la iglesia enviadora de que los enviados han sido llamados y preparados. Esto protegerá al que está siendo enviado y le alentará maravillosamente saber que es parte de algo más grande que su propia ambición, la cual puede disiparse fácilmente o cambiar rápidamente (Hch. 13:3).

No escribo esto con el deseo de frenar el impulso misionero de la iglesia, sino para motivar una visión a largo plazo cuya meta es una fidelidad duradera. Corremos un maratón, no un sprint. Una urgencia piadosa apoya la cuidadosa preparación para el ministerio. Esta verdad se opaca si nuestra meta principal al enviar misioneros es un siempre creciente número de convertidos. En su lugar, la meta principal de nuestro enviar misioneros debería ser la gloria de Dios —y por eso debemos preparar y estar preparados—.

Así que, sintamos la urgencia, pero no a expensas de la sabiduría. La gloria de Dios está en juego.


Steve Jennings es el pastor de Immanuel Church de Fuyaira en los Emiratos Árabes Unidos.


Publicado originalmente en www.9marks.org. Este artículo ha sido traducido y usado con permiso.